El petróleo primero: el regreso explícito del imperialismo. El ataque de EU a Venezuela rompe el derecho internacional y reabre la era del imperialismo sin disfraces.
NUESTRA OPINIÓN
Donald Trump no dejó espacio para la interpretación.
Lo dijo sin eufemismos ni rodeos diplomáticos: Estados Unidos tomará control del petróleo venezolano. Empresas estadounidenses repararán la infraestructura, administrarán la producción y exportarán el crudo. Según su relato, no se trata de saqueo, sino de “reparación histórica” frente a una industria que —afirma— fue despojada por el socialismo cuando Venezuela nacionalizó su petróleo en 1976.
Quien escuche esa narrativa y celebre el ataque militar en Caracas y la captura de Nicolás Maduro como una victoria democrática no está equivocado: está falseando los hechos. Lo ocurrido no fue una operación de liberación ni una cruzada moral. Fue una intervención armada clásica, con objetivos económicos explícitos y una ruptura abierta del derecho internacional.
Y aunque haya quienes intenten conciliar ambas cosas —condenar a Trump mientras aplauden la caída de un dictador—, esa gimnasia moral no resiste el análisis. La historia es clara: la violación de la soberanía, incluso frente a regímenes autoritarios, no inaugura democracias; inaugura precedentes. Y los precedentes, en política internacional, nunca se detienen donde comenzó la justificación.
El siglo XX lo demuestra con crudeza. La historia no se repite, decía Mark Twain, pero rima. Y esta rima es inquietantemente familiar.
Trump no improvisó. No actuó por impulso. Encarnó, como muchos advirtieron, una forma de imperialismo directo, sin complejos y sin el ropaje humanitario que solía acompañar estas operaciones. Esta vez no hubo largas disertaciones sobre derechos humanos ni misiones multilaterales. Hubo petróleo, control estratégico y una invocación explícita a la Doctrina Monroe: América para los americanos.
Las señales estaban ahí desde hace meses. Desde el controvertido Nobel de la Paz otorgado a María Corina Machado, hasta el bloqueo de petroleros, las ejecuciones extrajudiciales, el hundimiento de lanchas y la publicación de una nueva Estrategia de Seguridad estadounidense. Todo apuntaba en la misma dirección. El patrón era visible para quien quisiera mirar más allá del estruendo mediático.
En América Latina, este giro no es una anécdota: es un reacomodo estructural. Países que han buscado preservar márgenes de autonomía —México, Brasil, Colombia— entran ahora en una zona de mayor presión. Cuba, especialmente Cuba, vuelve a colocarse en el centro del tablero. Ahí, el reloj ya corre.
En este contexto, la postura del Gobierno mexicano adquiere un significado que va más allá de la coyuntura. Claudia Sheinbaum fue criticada por su respuesta escueta y aparentemente ambigua cuando se otorgó aquel Nobel. Hoy, esa posición se revela como algo distinto: la defensa de un principio incómodo, pero fundamental. La soberanía ajena. La de otros, hoy. La propia, mañana.
Sheinbaum no defendía a Maduro.
Defendía algo más importante que un personaje: la línea que separa la crítica política de la demolición del derecho internacional.
Porque en Venezuela conviven dos verdades que muchos prefieren mezclar. Nicolás Maduro fue un dictador y violó sistemáticamente los derechos humanos. Pero ni la tiranía convierte la mentira en prueba ni la justicia en venganza. Las acusaciones de narcoterrorismo son endebles. El supuesto plan para inundar de drogas a Estados Unidos carece de sustento verificable. El llamado Cártel de los Soles nunca ha sido probado judicialmente.
Aceptar esas ficciones bajo la lógica de que el fin justifica los medios normaliza la excepción. Y cuando la excepción se vuelve norma, los límites desaparecen. Eso es lo verdaderamente peligroso de lo ocurrido en Caracas: no el derrocamiento de un régimen, sino la legitimación de la fuerza como herramienta ordinaria de política exterior.
La escena ha cambiado para toda la región. El regreso explícito del imperialismo redefine lo que hasta ayer parecía inaceptable. Quienes hoy celebran, mañana tendrán que explicarlo. Porque cuando el petróleo es el argumento, la democracia suele ser solo el pretexto.






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