- El crimen se adueña del limón: Michoacán vive bajo las cuotas.
- El asesinato de Bernardo Bravo, líder que denunció los cobros del crimen organizado, destapó un negocio de 4 mil millones de pesos que asfixia al campo mexicano.
Apatzingán, Michoacán. – El miedo se ha quedado a vivir entre los árboles de limón. En los campos del Valle de Apatzingán, el fruto más emblemático de la cocina mexicana es hoy el botín de un negocio criminal que deja muertos, silencio y miseria. Productores extorsionados, cuotas que suben sin control y el asesinato del agricultor Bernardo Bravo, líder de los citricultores que se atrevió a denunciar las amenazas, son el reflejo de un campo dominado por el crimen organizado.
Bravo hallado con un disparo en la cabeza a las afueras de Apatzingán, días después de encabezar una protesta para exigir precios justos y denunciar las extorsiones. Su muerte se convirtió en una orden de silencio para los productores que pagan hasta cuatro pesos por kilo de limón al Cártel Jalisco Nueva Generación y otros grupos criminales que operan en la región.
“Todos tenemos miedo y no queremos hablar ahorita”, dice Antonio Mendoza, agricultor que pide anonimato por temor a represalias. La Asociación de Citricultores del Valle de Apatzingán, que Bravo dirigía, infiltrada por presuntos operadores del cártel Los Viagras, quienes vigilaban sus movimientos.
EXTORSIÓN
El crimen encontró en la extorsión un negocio más rentable y menos riesgoso que el narcotráfico. Solo en Michoacán, donde se producen más de un millón de toneladas anuales, las cuotas pueden generar ganancias ilegales de hasta 4.000 millones de pesos. “Extorsionar es más fácil que traficar drogas. No necesitas laboratorios, solo imponer miedo”, explica Julio Franco, del Observatorio de Seguridad Humana de la Región de Apatzingán.
El asesinato de Bravo se suma a la lista de líderes agrícolas y defensores comunitarios caídos en Tierra Caliente: Hipólito Mora, José Luis Aguiñaga y el propio padre del activista, don Berna Bravo, asesinado en 2013. Todos compartieron la misma suerte por alzar la voz.
“Bernardo murió por algo y no debe quedar impune”, dice Mendoza con voz quebrada. Pero el eco de esa valentía parece perderse entre los campos verdes de Apatzingán, donde el limón sigue creciendo bajo la sombra del miedo y la impunidad.







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