- Rodrigo Moya, el ojo rebelde que retrató la historia de AL.
- Murió a los 90 años.
- Su lente captó al Che, a García Márquez y a los movimientos sociales del siglo XX. Este es su legado.
Rodrigo Moya, maestro de la fotografía documental y testigo privilegiado de los movimientos sociales del siglo XX, murió este miércoles en Cuernavaca. Su legado es una memoria viva de las luchas populares, los rostros del poder y las contradicciones de un continente que buscaba transformarse.
Una de sus imágenes más emblemáticas —el retrato del Che Guevara fumando habano, cabizbajo y melancólico— fue tomada en La Habana, en julio de 1964. Moya logró la foto con las últimas placas de su cámara y bajo una “luz mercurial”, según narraría años después al diario La Jornada. Esa imagen se volvería icono de la izquierda latinoamericana y, al mismo tiempo, símbolo de la cultura pop.
Nacido en Medellín en 1934, llegó a México a los dos años y se nacionalizó mexicano. Aunque inició estudios de ingeniería en la UNAM, pronto abandonó la carrera para entregarse a la fotografía. En 1955, comenzó su trayectoria en la revista Impacto, de la mano del colombiano Guillermo Angulo. Desde ahí, se convertiría en uno de los pioneros de la fotografía moderna en México.
Con dos cámaras en mente —una para su jefe y otra para su conciencia rebelde, como él mismo decía—, Moya documentó la revolución cubana, la intervención de Estados Unidos en República Dominicana (fue el único periodista latinoamericano presente), y el movimiento estudiantil del 68. Aunque no estuvo en la masacre de Tlatelolco, captó grandes manifestaciones del año y guardó sus negativos como memoria personal de una generación que buscó cambiarlo todo.
Asimismo desencantado con la izquierda y con el fotoperiodismo, abandonó la profesión en 1967. Sin embargo, nunca dejó de disparar la cámara. Su archivo de más de 40 mil imágenes retrata con crudeza y humanidad la desigualdad, la lucha obrera, la vida en las cantinas, las huelgas, la miseria y el arte.
Además del Che, captó a Gabriel García Márquez en 1966 —imagen que el Nobel detestó al inicio, pero terminó en la solapa de la edición en inglés de Cien años de soledad—, a John F. Kennedy, María Félix, Carlos Fuentes, y al par de titanes Diego Rivera y David Alfaro Siqueiros juntos, en una imagen inédita.
Moya tenía un estilo directo. “Si detestaba al personaje, buscaba joderlo un poco, no podía tomar una foto neutra que dejara de lado mis convicciones”, dijo en una entrevista. Esa honestidad, sumada a su mirada crítica, hizo de él mucho más que un fotógrafo: fue un cronista visual de una época convulsa y apasionante.
Finalmente hoy, con su partida, México y América Latina pierden a un testigo incómodo, brillante y profundamente humano.







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